
CRÓNICA DE LA SALIDA AL PARQUE NATURAL DE SAJA-BESAYA (CANTABRIA).
18 AL 20 DE SEPTIEMBRE DE 2026.
La salida al parque natural de Saja-Besaya era una apuesta segura: la belleza de la Cantabria infinita, Patroklo y Pilar como organizadores, el sol radiante, el cielo completamente despejado y la buena onda de 20 peñalaros en una de las primeras salidas del nuevo curso. Eso ya se notaba desde que, a lo largo de todo el viernes, fuimos llegando al Camping El Molino de Cabuérniga, donde nos quedamos en unos apartamentos estupendos.
Pero vayamos al turrón, la salida del sábado se las prometía. Sobre el papel 19 km con 1000 m de desnivel positivo y 1150m de desnivel negativo, porque los coches había que dejarlos en el aparcamiento de la Jaya Cruzá, desde donde salimos, pero la llegada era junto al centro de interpretación del parque. El típico trajín de coches y conductores para la recogida que se resuelve en 5 minutos.
La subida paralela al río Saja nos metió de lleno en un fresco y húmedo verdor que parecía que el verano más caluroso de los últimos calurosos veranos no iba con nosotros. Pasamos junta al haya que se cruza sobre el camino (la ya mencionada Jaya Cruzá), cruzamos el río por el puente Tramborríos y seguimos subiendo por la canal de Cureñas dejando en la ladera de enfrente las formaciones rocosas de los Molinucos del Diablo, llegando a los barrancos del río Infierno conocidos como las Justas del Diablo.
Como en esas pelis en las que te dan ganas de gritarle a la joven protagonista, “no bajes al sótano, que se ha ido la luz y la música no anuncia nada bueno”, nosotros seguíamos avanzando entre tanta alusión al averno tan tranquilos y confiados. Insensatos. Salimos del bosque hasta llegar al llegar al collado de Sejos (1.502 metros) y alcanzamos poco después el Hitón, uno de los menhires tumbados de la edad de bronce en torno a los que pastan tranquilas vacas y caballos. Aunque pasten regular, porque ahí arriba sí que se notaba la sequía que este verano ha castigado a Cantabria.
Pasamos en el punto más alto del recorrido (1.610 metros) junto a la cabaña Brañilla, un chozo tradicional de pastores y comenzó la Odisea.
Nuestro Lalo, más que tomar el sobrenombre del impecable Patroklo, aqueo de arrogante cabellera inseparable del Pélida Aquiles, bien podría llevar por alias “Bakunin”, porque en ese punto, el camino comenzó a anarquizarse (verbo reconocido por la RAE, dicho sea de paso) hasta llevarnos al kaos (usando la grafía del organizador de la ruta).
Primero el sendero comenzó a desdibujarse, luego a desaparecer entre tojos malencarados y, en seguida, nos metimos entre ramas afiladas sedientas de sangre y un suelo prolijo en huecos, trampas y agujeros. Ante las primeras dudas (más que razonables) sobre si estábamos siguiendo el bendito track, los augures portadores de GPS nos infundían desaliento insistiendo en que sí, que lo estábamos siguiendo.
No sin esfuerzo, con una inesperada disciplina y cubiertos de arañazos (mención aparte se merece Camino, que hizo todo el ídem en pantalón corto) salimos del aquelarre, dejamos atrás el Refugio Bucierca y comenzamos a descender atravesando el precioso hayedo Cambillas, mientras empezaba hacerse de noche, porque la ruta acabó siendo varios kilómetros más larga y aguerrida de lo inicialmente previsto y la terminamos ya casi sin luz. Eso sí, cuando llegamos al parking y mientras esperábamos los coches, de la furgoneta de Jose y Macarena empezaron a salir cervecitas heladas que nos resucitaron. Aunque para reconstituyente, la increíble cena en el restaurante Monte Aá de Ruente. ¡Cómo se come en el norte!
Por si no había habido bastante, varios peñalaros siguieron la noche en el “Conciert@ Sospecha”, que lleva 12 años despertando conciencias con las actuaciones de grupos locales de música punk como “A Dalli”, “Riruar” y el inenarrable “Bisturí”, del género bramidos punk.
¿Qué tomará el cantante para mantener esa faringe?
Tras los excesos en todas las direcciones de la víspera, en la mañana del domingo Patroklo propuso un cambio para congraciarse con el pueblo (un arrebato de populismo en toda regla) y nos planteó ir al Cabo Oyambre, en la costa. Una maravilla. Dio tiempo para caminar por la arena, darse un chapuzón (sin más detalles, que lo que pasa en Oyambre se queda en Oyambre) y hacer una ruta de algo más de 6 km con un cielo deslumbrante, un sol radiante, unos montes espectaculares detrás y un mar Cantábrico azul chocando sin parar en los acantilados.
Con ese final de fiesta, con el cariño de Patroklo y Pilar y con un desopilante vídeo compartido por nuestro anfitrión en el grupo de whatsapp demostrando sus dotes para la interpretación, la opinión ha sido unánime: el año que viene más.
Texto de José Antonio Hernández de Toro.
Fotografías de los asistentes a la salida.


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