Crónica de la salida en bicicleta de montaña a Duruelo (Soria-Burgos)
11 y 12 de abril
El fin de semana del 11 y 12 de abril, 17 socios de la RSEA Peñalara cambiamos las botas de montaña por las ruedas de tacos para adentrarnos en uno de los paisajes más sobrios y hermosos del Sistema Ibérico: los pinares de los alrededores de Duruelo, en la frontera provincial entre Soria y Burgos.

La salida comenzó en la mañana del sábado, con buena temperatura y amenaza de lluvia, aunque no tuvimos que hacer uso de los chubasqueros hasta el final de la etapa. Desde los primeros kilómetros, nos vimos envueltos por la inmensidad de los pinares de pino albar de la Sierra de la Umbría, donde el silencio solo se rompía por el crujir de la tierra húmeda bajo las ruedas , el canto de los pájaros y una estampida de vacas que casi nos arrolla. El terreno, variado y exigente, alternaba carreteras asfaltadas con pistas forestales cuyo ascenso y descenso obligaba a mantener la concentración y a dosificar las fuerzas.

En las proximidades de la población de Canicosa visitamos el Pino-Roble, curioso fenómeno botánico causado al crecer un imponente pino dentro del tronco de un roble, ambos ejemplares vivos.

El albergue de Comunero de Revenga fue el punto de avituallamiento de la etapa, a base de torreznos y pinchos de tortilla. Una vez repuestas las fuerzas, recuperamos nuestras monturas para volver al pinar y visitar la siniestra Necrópolis de Cuyacabras, con casi doscientas tumbas excavadas en la roca.
La jornada concluyó con un arriesgado descenso trialero por un sendero del bosque y una impresionante tormenta que nos adelantó el momento de la ducha antes de llegar al hotel.
El domingo amaneció con frío y lloviznando, lo que provocó alguna que otra deserción en el grupo. Tras ocho kilómetros de ascenso por pista asfaltada a orillas del Duero, en ese tramo inicial un impetuoso arroyo con cascadas, llegamos al monumental mirador de Castroviejo. Por escaleras y pasarelas se accede a la cima de unas enormes rocas, con balcón sobre el vacío incluido, desde donde pudimos “contemplar” un espectacular panorama ocultado por la niebla.

Los ocho km de subida se convirtieron en ocho de vertiginoso descenso, pero a cambio de no tener que dar pedales tuvimos que soportar el aire húmedo y helado empapándonos y congelándonos. Esto hizo que diéramos por finalizada la etapa al llegar a Duruelo y dejáramos para mejor ocasión el segundo sector.
Fueron dos días de bicicleta de montaña que, fieles al espíritu peñalaro, combinaron deporte, naturaleza y convivencia en un entorno de gran valor ecológico y paisajístico.
Cronista Enrique Melcon Díaz


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