Dice la RAE , en una de sus cuatro entradas, que la palabra bucle significa “rizo de cabello de forma helicoidal” y que proviene del término francés boucle. Se extrañarán los lectores, y con razón, que el comienzo de esta crónica sea éste, pero quienes me hayan leído en alguna otra ocasión posiblemente recuerden que este humilde cronista tiene querencia por la búsqueda de palabras que sirvan de hilo conductor al breve relato que pretendo contar. ¿Porque la elección de este término? Paso a detallar: En uno de los párrafos de la convocatoria, Francisco Sancho (el incombustible Fojo) organizador de la actividad dice textualmente “(…) vamos rodando y viendo, que bucles hacemos (…)” La verdad yo, que no domino mucho la terminología trialera, me puse a temblar, además partiendo de alguien como Fojo para quien la dificultad es cosa de otros y ejerciendo como “segundo espada” un tal Nacho Aizpurua, pues entendí que había que emplearse a fondo.
Llegamos Julia y yo al aparcamiento del Club Somontes en El Pardo en una mañana de sábado fría pero soleada, he de decir la verdad, con más miedo que otra cosa. Nos juntamos con otros siete, vamos a llamarles valientes dadas las circunstancias, y allí Fojo, a requerimiento de este cronista, nos explicó lo que la palabrita significaba en la referida salida: saldríamos del aparcamiento de Somontes y nos dirigiríamos a La Casa de Campo para volver otra vez al punto de salida y de allí hacer otro circuito por el monte de El Pardo y acabar en el parking de Somontes. ¡Vaya por Dios, al final me enteré de lo que la dichosa palabrica quería decir¡ Todo lo cual sirvió a este cronista para ir machacando a Fojo con sus habituales chascarrillos.

Salida desde sotomontes
Bueno, una vez situados en el punto de partida, he de decir que salimos los nueve participantes del parking y sin más preámbulo y, con Fojo a la cabeza, empezamos por una empinada subida que nos dejó, como se suele decir en el argot ciclista “finos”. Poco a poco, y después de un comienzo que, para el que suscribe auguraba lo peor, llegamos a la Casa de Campo y todo cambió: los colores del otoñó, la pista junto al río Manzanares, el buen humor de los participantes… todo hizo desvanecer el miedo al que es dado, este cronista y pasó a ser un recorrido para “crear afición”.
De vuelta al “bucle” empezamos el segundo circuito, esta vez por el Monte de El Pardo. Siempre, con Fojo a la cabeza, recorrimos sendas y veredas que dieron a la jornada un punto de aventura pero bajo control en todo momento; si a eso añadimos una temperatura fresca pero excelente para pedalear, un firme exigente pero compacto y nada pegajoso y con unas vistas excepcionales desde los miradores por los que pasamos, pues la verdad, nos acordamos de todos aquellos que se lo perdieron porque seguro que hubieran disfrutado.

Vista desde el Mirador

Mirador El Pardo
Al final, del recorrido volvimos a la ribera del Manzanares para disfrutar otra vez de los colores otoñales, que se parecen mucho a color de la cerveza que saboreamos en una de las terrazas cercanas al parking. Ahora bien, lo que sí debió ser la entrada al Paraíso fue cuando Blas, Fojo y Nacho se pidieron un conejo al ajillo. Este cronista y el resto de participantes, que por diversas circunstancias nos tuvimos que marchar, vimos aquella bandeja con aquel conejo en una terraza caldeada por un sol otoñal y pensamos, con mucha envidia, ¡toma bucle!
JOSE IBÁÑEZ CEBRIÁN
(Un aragonés de Teruel)


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