
CRÓNICA DE LA SEMANA DE EXCURSIONISMO EN LOS PIRINEOS DE 2026.
19 AL 26 DE JULIO DE 2026.
Una semana en los Pirineos: montañas, amistad y alguna cuesta traicionera…
Del 19 al 26 de julio, un grupo de 22 entusiastas peñalaros cambiamos durante unos días el asfalto madrileño por el verde infinito de los Pirineos navarros y aragoneses. El objetivo era caminar, disfrutar de la montaña y regresar con buenos recuerdos. El resultado fue bastante mejor: volvimos con recuerdos imborrables, unas cuantas agujetas de categoría y la firme sospecha de que los organizadores tienen una idea muy particular del significado de la palabra «asequible.
Antes de nada, vaya nuestro agradecimiento a Miguel Ángel Ruiz y Pedro Quirós por acercarnos a estas montañas y por la magnífica organización de la actividad.
La aventura comenzó en Uztárroz, un pequeño rincón del Valle del Roncal que nos sirvió de base para descubrir algunas de las joyas del Pirineo occidental. Allí nos reunimos entre saludos, mochilas y la inevitable comparación de bastones, botas y sofisticados sistemas para combatir las ampollas. Pasamos las tres primeras noches en el magnífico Refugio Bortiri, propiedad del Club Vasco de Camping Elkartea, que nos cedió sus instalaciones gracias a la histórica relación de hermanamiento y colaboración que mantiene con la RSEA Peñalara.
Un lugar perfecto para descansar, recuperar fuerzas y disfrutar además de la atención de Aga y de una cocina capaz de devolver la vida incluso después de las rutas más exigentes.
La primera gran cita fue el Anie o Auñamendi, una montaña emblemática que supera los 2.500 metros y domina uno de los paisajes más singulares de toda la cordillera. Iniciamos la marcha por el circuito de esquí de fondo de La Contienda, rodeados de pino negro.
A medida que ascendíamos, el terreno se volvía cada vez más pedregoso hasta adentrarnos en un espectacular mundo de caliza. El macizo de Larra forma uno de los paisajes kársticos más extensos de Europa, un auténtico laberinto de roca esculpido por el agua durante millones de años.
Mientras algunos admiraban la geología, otros concentraban toda su atención en no introducir una pierna en alguna grieta inesperada. Y si no, que se lo pregunten a Juan. Finalmente, la cima nos recibió con unas vistas capaces de justificar cada uno de los 14 km y 875 m de desnivel acumulados. Como los días venían especialmente calurosos, terminábamos las jornadas buscando las pozas del río Uztárroz con la misma ilusión que quien alcanza una cumbre.
Al día siguiente recorrimos el Camino de los Contrabandistas entre el refugio de Belagua e Isaba.
Resultaba fácil imaginar a aquellos hombres que durante décadas cruzaron estas montañas transportando mercancías por senderos ocultos a la vigilancia. Nosotros, bastante menos discretos y mucho peor equipados para el contrabando, nos limitamos a transportar bocadillos, agua y conversaciones que cambiaban de tema al mismo ritmo que el paisaje. Fue una ruta especialmente agradable por bosques de pino silvestre y hayas.
Lástima que Javier e Inés no pudieran acompañarnos en esta ocasión. Fueron 17 km y cerca de 900 m de descenso que las rodillas recuerdan mejor que la memoria.
La ascensión al Orhi desde el puerto de Larrau nos regaló una jornada diferente y más relajada.
Rodeado por inmensas praderas, este monte presume de ser la primera cima de más de 2.000 metros que encuentra quien avanza desde el océano Atlántico hacia el interior.
Desde arriba contemplamos la inmensidad del Pirineo occidental y los extensos bosques de Irati. Con apenas 8,5 km y 535 m de desnivel, la ruta permitió disfrutar del paisaje sin demasiadas prisas y llegar a Ochagavía con tiempo suficiente para pasear, comer tranquilamente y reponer energías antes de trasladarnos a Hecho, donde nos esperaba la segunda parte de la aventura. Allí nos alojamos en el acogedor Hotel Lo Foratón.
Ascendimos al Petrechema desde el refugio de Linza. El Petrechema nos recibió con su característico paisaje mineral y con las impresionantes Agujas de Ansabère vigilando el horizonte.
Una vez más aparecía el protagonismo de las rocas calizas, que durante millones de años han sido plegadas, fracturadas y erosionadas hasta formar algunos de los relieves más llamativos del Pirineo.
Dicho de otra manera, la naturaleza ha tenido muchísimo tiempo para practicar escultura. Fueron 14 km y 1.010 m de desnivel para comprobar que el entrenamiento de los meses anteriores no había sido en vano.
La jornada del ibón de Acherito, desde la pista de la Mina, nos permitió disfrutar de uno de los grandes tesoros de la zona.
Este lago de origen glaciar ocupa el lugar donde antiguamente se asentaba una enorme masa de hielo. Cuesta imaginarlo en pleno verano, bajo un sol abrasador, pero hace miles de años todo aquel valle estaba dominado por glaciares que excavaron circos y modelaron el paisaje que contemplamos hoy.
No todos los días se almuerza al borde de una lección práctica de geología cuaternaria. La ruta circular, de 12 km y 640 m de desnivel, terminó como merecía: una reparadora siesta bajo una haya en la Selva de Oza y un refrescante chapuzón en las aguas del Aragón Subordán.
Ya de regreso a Hecho, visitamos el monasterio de San Pedro de Siresa, una auténtica joya histórica que destaca por sus dimensiones y por la sobriedad de su arquitectura. Sus orígenes se remontan al siglo IX y, según la tradición, entre sus muros fue bautizado Alfonso I el Batallador. Una visita que demostró que no solo de montañas vive el excursionista.
Como colofón llegó el Castillo de Acher, probablemente una de las montañas más originales de todo el Pirineo. Su característica silueta de fortaleza natural parece diseñada por un arquitecto especialmente inspirado.
En realidad, es el resultado de complejos procesos geológicos que elevaron antiguos fondos marinos hasta formar esta espectacular meseta rocosa.
La ascensión fue exigente, la famosa brecha obligó a utilizar tanto las manos como las piernas, y el cuerpo recordó durante buena parte del recorrido que llevaba una semana acumulando kilómetros.
La niebla avanzaba poco a poco por la montaña, envolviendo el paisaje en un manto blanco que añadía aún más epicidad a la jornada. Finalmente, once fuertes y tenaces montañeros alcanzaron la cumbre, poniendo el broche de oro a una ruta circular de 18,5 km y 1.380 m de desnivel.
Por la noche, un grupo de incombustibles decidió que todavía quedaban energías para continuar la actividad deportiva en los bares de Hecho. Las evidencias de aquella expedición nocturna son escasas, pero los testimonios apuntan a un notable éxito de participación.
Si algo quedará de esta semana no serán únicamente las montañas. Serán también las conversaciones durante las caminatas, los desayunos madrugadores, las bromas compartidas, los silencios contemplando el paisaje y la ayuda mutua en cada subida. Y, por supuesto, las interminables preguntas de Vicky, que permitieron a Carlos desplegar generosamente sus conocimientos sobre naturaleza, historia, geología y prácticamente cualquier tema que surgiera durante la marcha.
Porque las cumbres son magníficas, pero lo que realmente convierte una excursión en un recuerdo inolvidable son las personas con las que se comparte.
Cuando el domingo emprendimos el regreso a Madrid, las montañas quedaron atrás, pero nos llevábamos algo mucho más valioso: la certeza de haber vivido una semana extraordinaria en uno de los rincones más hermosos de la península. Y también la sospecha de que, dentro de unos meses, cuando las agujetas sean ya un recuerdo lejano, todos empezaremos a preguntarnos cuál será el próximo destino. Porque las montañas enganchan, pero la buena compañía todavía más.
Texto de María Gómez del Campo.
Fotografías de los asistentes a las rutas.


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