
A pesar del inclemente parte meteorológico del pasado 18 de abril, emprendimos una salida de carácter alpino bien entrada la primavera, cuando pisar la nieve se asemeja a hacerlo sobre el hielo de una pescadería.
Y es ahí, en el recóndito pirenaico del Anayet, donde la orogenia y la geología amalgaman caprichosas formas, donde decidimos probar suerte: Mario, Miguel, Laura, Cris, Álvaro, Mónica, Javier, Juanma y Pablo.
Una suerte que comenzó en el Albergue del Tritón de Villanuá, donde fuimos hospedados con gozo. Entre risas y buen comer, pudimos conocernos la vispera del viernes, para luego deambular por las calles y la arquitectura popular aledaña al albergue. La velada culminó con una fugaz búsqueda de astros, planetas y el recuerdo de cuando starlink hacía el trenecito en la cúspide celeste; Todo como mencionaba, en un coro de risas. El grupo prometía, y los próximos días se avecinaban como un seguro de júbilo común.

Ya el sábado, tras un risueño y energizante despertar por lo que acontecía, nos dirigimos al Parking del Anglasé y allí emprendimos la paulatina subida por el GR-11 del Valle de Canal Roya al son de su rio y los rebecos; aunque debido a las incipientes y rápidas desheladas tuvimos que cruzar varios tramos en equilibrio redil donde cada uno, fue creativo en cómo y qué tramo cruzar. Más arriba, en las enlodadas turberas de el Mal Paso, también pudimos atestiguar el porqué del sobrenombre de Mario el «Don Limpio» y su rapidez para pasar de embarrado a patena.
En el transcurso de la subida, acompañados de eventuales avistamientos de marmotas, pasamos de aislados neveros a una mayoría alba llegados a La Rinconada, una de las zonas de maximo desnivel hasta el plateau de los Ibones de Anayet. Es ahí dónde también empezamos a apreciar la policromía que ofrece la nieve, pasando de tonos fríos a verduzcos sutiles en sombras, todos ellos sumados localmente a fenómenos naturales como el que produce la microalga Chlamydomonas nivalis que, al contener un pigmento rojo y prosperar en nieve helada, la dota localmente de su tinte. A esta rosácea, también se le sumó un polvoriento marrón glassé depositado por las pasadas calimas provenientes del Sáhara.
¡Todo un lienzo!
¡Al fin! ¡Toda pendiente tiene su llano!
Y es que, tras un último y sutil trance silencioso de subida, donde gracias a Javi, que se mantuvo en cabeza abriendo peldaños gran parte del remonte, coronamos el Collado del Anayet. Una estupenda atalaya con panorámica a algunos de los riscos mas imponentes de esta vertiente aragonesa, pudiendo destacar además de nuestros anfitriones: La Punta de la Espelunciecha, Peña Telera, el Midi D’Ossau, Los Infiernos, Los altos de Formigal e incluso la triada tres mil del Perdido y sus hermanos Marboré y Añisclo. Cabe resaltar, que dentro del grupo teníamos, no solo por «Don Limpio» sino también como geólogo y gran divulgador, a Mario, quién nos explicó el origen volcánico de la zona. Ahí es donde descubrimos el porqué de la peculiar verticalidad del Anayet que, a finales del plegamiento herciniano, fueron junto al Midi D’Ossau dos de las grandes calderas volcánicas que colapsaron en superficie, constituyendo un pitón volcánico, una característica formación petrifica y visible de lava tras la erosión de un cono volcánico. También nos habló de la composición rocosa de la zona, fundamentalmente constituida de andesita roja y negra, generando caprichosos patrones mórficos como el de la foto.
Tras una didáctica parada interpretativa, donde también Miguel nos compartió la increíble receta de barritas proteicas de su hija (adjunto abajo receta) decidimos dividirnos entre quienes subirían al Anayet y a su Vértice vecino. Para ambos grupos, el coronar fue arduo debido a las condiciones, los crampones no agarraban con firmeza y cada paso suponía sumergirse más allá de las rodillas, pero al final y a la par, alcanzamos el zenit de ambos pináculos.
Ya de vuelta al Collado, con ayuda de la nieve papa y de nuestras botas y bastones, bajamos en spring esquiable las lomas del Barranco de las Negras, con El Porté y sus pliegues siempre a nuestra izquierda. Este bonito descenso finalizó de regreso al GR-11, al tramo boscoso y torrentoso del río del Valle del Canal Roya, donde la primaveral bienvenida de abril nos recreó con jardines naturales asediados de magníficas flores, como la oreja de oso, la corona del rey o la carlina acaulis. Dicha andadura finalizó con el avistamiento de uno de los guardianes pirenaicos, un lacertido verdinegro de grandes dimensiones.
A la llegada al albergue, disfrutamos de una tonificante ducha y cena, donde Álvaro nos estimuló con un buen Ribera mientras debatiamos sobre el último noticiario alpino: el cómo y el porqué de la desaparición de la cruz del Aneto. Todo ello, mientras pincelabamos los últimos preparativos de la ruta del día siguiente: la subida a la Cruz de Oroel.
Ya en domingo, partimos hacia el Parador de Oroel, donde en mi caso, quedé asombrado con la panorámica que brindaba este balcón de las principales cotas del Pirineo aragonés. Fue tal el asombro, que los 569m de desnivel hasta la Cruz pasaron inadvertidos a pesar de la fatiga ya generada. Todo ello, a sabiendas que desde arriba, las vistas serían todavía aún mas espectaculares.

Ya en el cresterío y a una altitud de 1769m, Mario nos deleitó con sus enseñanzas sobre la orogenia de la zona, sobre cómo el conglomerado a nuestros pies y el de Riglos se había cimentado y perdurado como excepción en las mesetas sedimentarias colindantes. Mónica nos ilustró sobre sus conocimientos en botánica, exponiendo diversas variedades de flores, entre ellas el abundate narcissus moschatus, predominante en las orlas de bosques. Juanma con su saber arbóreo, nos habló del abeto predominante de dicha altitud: el Abis Alba.

Ya de camino a la última cota del viaje: la Punta Bacials, pasamos por los remanentes de los Neveras de Oroel, que en torno al siglo XVII sirvieron para almacenar nieve y dotar a poblaciones como Jaca, Zaragoza y Huesca de hielo para uso terapéutico y de conservación de alimentos. Esto nos hizo valorar y examinar el retroceso, producto del cambio climatico de las cotas nevadas. Estos vestigios también nos permitieron abrir coloquio sobre la nevera del siglo XVI del Monte Abantos, mandada Construir por Felipe II para abastecer al Real Monasterio y a la Corte. Así como la natural del Ventisquero de la Condesa, a los pies de la Bola del Mundo, allá donde nace el Rio Manzanares.
Ya de regreso al Parador, nos despedimos y en procesión de unos pocos fuimos a parar a una de las tascas de Jaca, donde pudimos disfrutar de una copiosa comida a base de huevos con patatas y tortilla de bacalao.
RECETA: PROTEIN PEANUT BAR
Pablo Pernil


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